
En el mundo, y diríamos, en el Universo, existen -en general- tres “clases” de gente: Una, desde la antigüedad hasta nuestros días, que solo vive, existe, para ocuparse de cosas “muy serias”, “muy importantes”, por lo general, asuntos vinculados a la política y a la economía: negociados y contranegociados. Y son las que “gobiernan” y “dirigen” a la sociedad. No tiene tiempo ni mente para otras cosas, y el mundo mismo, y hasta el universo, debe girar en torno a ella. Tan serias e importantes son sus cosas, y ellos mismos, que creemos que precisamente a eso, es que el mundo está como está. Dos, las “multitudes” -también de vida antigua-que malviven en una vida de subsistencia. Terrible oficio en que sumen enteramente su vida. Mucho menos tienen tiempo ni mente para otras cosas. Y son también parte sustancial de este mundo para que esté como está. El niño, y su mundo, en ninguna de estas dos clases, es tema central ni prioritario: solo se le ve y se le tiene, sin trascendencia alguna. Y tres, las “miltitudes” -así la bautizamos, y aquí nos ubicamos-, que si la comparamos con las dos primeras, casi no existe ni tiene importancia: es la “clase” que vive pensando y ocupándose de un montón de “nimiedades”, que por razones obvias, verdaderamente, no pueden interesar a las dos clases primeras. Por supuesto, son tres sensibilidades y visiones opuestas: en verdad, el mundo actual está tajantemente dividido en partes contrapuestas e incongruentes.